miércoles, 24 de agosto de 2011

No lo cuentes

De cuando en cuando escribo un cuento y me provoca imaginar la llanura del valle sagrado que solía recorrer con mis dedos para experimentar un sociego que al final no me brindaste. Todo lo fantástico que parecía estar viviendo desde que navegaba por ese estrecho río en una canoa hecha de pura caña y sin amarres que permitían llevar algunos metales nobles y se podían desembarcar al final, en el delta... io quizás cogí un camino errado, debí zurcar aguas menos turbulentas y turbias. Al final el péndulo dictó que era el fin del camino. Todo lo oscuro que parecía ser se aclaró y todo lo abstruso que se volvió el delta se unificó y me dio una vista espectante acerca de lo que podía ser la continuación de este viaje. El frío intenso de las montañas escabrosas era mi mayor temor, empero debía continuar la ruta para esclarecer mis dudas. El camino se volvía más estrecho y los precipicios más contrapicados. Ya no faltaba mucho para llegar - a pesar de que no tenía destino - y si faltaba mucho para encontrarte. Alucinaba espacios recorridos a cada pisada y remontaba en mis sospechas de que todo este terreno había sido inexplorado. Solo me llevaba una roja visión nocturna de la puesta del sol y algunos viejos recortes de mis revista de viajes favorita. Algún camino ensombrecido después del atardecer me decía que debía detenerme a descansar y lo hacía sin prisa alguna. La gente no existía en este lugar o por lo menos hasta el momento no los veía, estaba todo despoblado y tampoco logré ver caceríos jamás. Las herraduras abundaban dentro de las trochas que me animaba a recorrer y cuando los pastos ya eran más altos que io mismo ya no podía ver. Envejecí caminando por aquel paraje y pronto caí donde todos volvemos, de donde todos venimos. Me voy porque hoy es 24 y 2 + 4 suman 6. No descifren este camino. Es preferible no recorrerlo. Saludos.

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