Nunca conocerás una dama tan abstrusa como las palabras que tus enemigos oníricos te repiten durante tus pesadillas más adversas y que a la mañana siguiente, por más intentos denodados que hagas, no recordarás.
Esa es Coca, aquella fantasía que nos interna en su más preciada idea. Sin hacernos notar lo lejos que aún estamos de poderla amar. Lejos, muy lejos. Cada palabra y cada movimiento, casi perfecto. Sutil pero perverso. Como si se tratase del acecho de un zorro a un conejo. Le pregunto lo varios por qués y me responde siempre con la misma astucia. Trato de exponer mi punto de vista y ella me contesta siempre tan elegante. Y ha entendido que mi arrebato dipsomaniaco se ha debido a los olvidos inesperados que se experimentan en el corazón del olvidado.
Presto mucha atención a cada palabra. Cada gesto y cada sonrisa. Luego ha fruncido el ceño. Como si hubiera recordado en mi intención alguna persona que la ha dañado. Como si alguna frase mía haya sido prefabricada, o preconcebida en la mente del maníaco que no he negado ser. Ella se aferra -quizás- a su destino. A su "shit happens". A sus discos de rock en español que la han fusilado cada vez que ha necesitado alguien que la comprenda.
Y ver sus ojos de mirada profunda, sus cejas negras pobladas y su cerquillo recortado a la perfección me hace temblar. Empero me hace correr de la habitación al lobby solo para verla. Para asegurarme que si ella está, será un día hermoso y brillante. Y si no está, vuelvo a caer en la misma indecisión. La de atormentarme en buscarla. Aunque sé que ella solo estará cerca si la dejo. Como aquel amor de verano cuando eras pequeño. La única salida será acostumbrarme a vivir sin ella. Acostumbrarme a su mirada perpetua. Acostumbrarme a verla atrás de la pantalla de mis recuerdos. Como en un cinema.
¿Qué me dicen ustedes? ¿La podré amar o la dejaré ir?
En el palacio de verano de los Kaisers de la antigua Prusia.
Potsdam, Germany.


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